Es cierto esto que dicen de que la alegría
siempre va por barrios.
Una alegría traidora y miserable
que te abandona para irse, a los pocos segundos,
con el primero que quiso pegar primero
en una tarde de previa al día de todas las madres.
¡Qué buenos anfitriones somos!
¡Qué trato más amable!
Si el primer cuarto no hubiera existido
la alegría hubiera sido fiel al rojo Fuenlabrada.
Pero existió. Y la canasta de la discordia no fue.
Hay que saber reconocer las cosas
aunque duelan. Porque duelen.
Aunque quieran negarse. Escribirse.
Callarse. Ignorarse…
Y otras veces malearse hasta que la realidad
se transforme en algo parecido a lo que queremos escuchar.
En once nos quedamos.
No bastó la intensidad de Kemp volando a los aros.
Ni la vuelta del capitán Popovic
que se marchó antes de tiempo
provocando música de viento
en un Fortín entregado
por una “caricia” amable
al titán Okoye.
¡Qué bonito es ver encendido el pabellón!
Todo el mundo empujando hasta el último aliento
a un equipo redivivo
en pos de ese gran objetivo
que era una victoria más.
¡Ay, si no hubiera habido un primer cuarto!
¡Ay, si fuéramos peores anfitriones!
Hoy celebraríamos con versos
doce victorias, doce,
cómodos en el doce de la tabla
sin miedos el jueves a Málaga
y decididos a poner en casa
el domingo un nuevo broche
festejar ya con catorce
que seguimos, un año más,
entre los grandes del basket.
Me he guardado entre estos versos
cuatro décimas de tiempo
para sacarlas un día, si el corazón lo permite,
y ganar sin coste alguno
celebrando más canastas de Rowland
desde su casa…sonrisa puesta
y alegría del brazo, fiel a sus colores de siempre. |